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Noticias - Noticias Web - 30/04/2019

SÁNCHEZ, CASADO, RIVERA... y la lógica de los votantes

iMG

Políticamente, Pedro Sánchez es un peleón.

Nunca se le consideró un político preparado (eso sí: joven y con buena planta), aunque fuera economista y hablase francés e inglés.

En 2016, le sometió el aparato del partido socialista, con Felipe González a la cabeza. No se recuerda un hostigamiento tan feroz como el que le tocó sufrir. Dejó su acta del Congreso porque se negaba a votar en la investidura de Rajoy, como le pidió el aparato del PSOE (allí manifestó su famoso no es no). También estuvo a punto de dejar la política. Pero días después, con un coche prestado, se recorrió España contactando con los militantes socialistas afines. Al año siguiente se enfrentó a Susana Díaz y Patxi López y los venció de calle.

Presentó una Moción de Censura (inicialmente, de resultado incierto y con regodeo general de la derecha) que ––casi de carambola–– le dio el triunfo. Fue proclamado Jefe de Gobierno, con tan solo 84 diputados. Y llevó las riendas del país durante siete meses.

No ha olvidado el vapuleo del aparato del Partido. Lo tiene bien presente. Siguió desoyendo los consejos de los barones (convocó elecciones en abril y no en otoño, como le indicaban). Ha conseguido 123 escaños y 7,5 millones de votos, ocasionando una memorable derrota sobre las tres derechas. Ahora puede gobernar con U. Podemos y otros apoyos más; o con Ciudadanos (como recomiendan el Ibex 35 y Europa); o en solitario con acuerdos puntuales.

Es su hora.

Pablo Casado se ha venido comportando como un botarate, un tipo alborotado, con poco juicio.

El año pasado, nada más triunfar sobre Soraya S. de Santamaría (y de la mano de Aznar), se marcó el objetivo de desalojar de la Moncloa a Sánchez, al que consideraba un intruso; dedicándole los insultos más feroces oídos en democracia. Los insultos y los gritos no ganan elecciones.

Y se equivocaba de enemigo: no era Sánchez, era VOX.

Cada día sorprendía a los medios de difusión con declaraciones inverosímiles y rocambolescas (que tenían que ser desmentidas o matizadas a las pocas horas, con el consiguiente desgaste), fichajes desafortunados (todos sus candidatos procedentes del mundo taurino se han quedado  sin escaño), se ha quedado con un solo representante en Catalunya y ninguno en Euskadi (Maroto, número tres del PP y Jefe de Campaña ni siquiera consiguió el acta de diputado por Álava), pocos días antes de la votación llegó a ofrecer a VOX los ministerios que quisieran. Por todo esto, dijeron ayer algunos tuiteros: ”Casado ha subido de 137 escaños a 66”.

Los votantes le han cerrado las puertas. El PP, durante años, saqueó las instituciones y las urnas le han castigado con dureza. No se plantea dimitir, como sería necesario para su partido. Al contrario, la noche electoral declaraba: “Nos vamos a poner a trabajar desde ahora para recuperar los apoyos”. Presionado por su partido se ha sacado un lema nuevo para la campaña de mayo: Centrados en tu futuro. Ha calificado a Vox como extrema derecha (cinco días después de ofrecerles ministerios) y a Rivera de socialdemócrata.

Estos cambios no le otorgan ––precisamente–– ni serenidad ni equilibrio.

Albert Rivera sigue comportándose como una veleta a merced del viento. Una veleta acelerada.

 Porque lo que más ha caracterizado su campaña ha sido su desmedida fobia a Sánchez, al que ha tachado de peligro público. Y su acendrada inquina a los que quieren romper España.

Su formación ha mejorado notablemente, obteniendo 57 escaños, que le permitirían gobernar junto a los socialistas, como desean los medios financieros.  Rivera no quiere. Él aspira a ser el califa de la derecha; se ha autoproclamado el jefe de la oposición (aunque no llegó a derrotar al PP por nueve escaños, aunque lo tiene fácil con el PP en ruinas y Vox desmadrado).

Rivera no ha llamado a Pedro Sánchez para felicitarle por su triunfo. Una cortesía elemental entre políticos, que muestra su enemistad con el líder socialista.

A Santiago Abascal le llegaron a vaticinar que Vox lograría 80 o 90 diputados. Ha sacado 24.

Vox está para quedarse, pero no para formar gobierno.

España, según la lógica de los votantes, quiere ser un país moderno, plural y diverso.

 

Por A. Sánchez Torres


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